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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 17 de diciembre de 2011

La Muerte de Kyoto

Reforma

Sábado 17 Diciembre 2011

La Muerte de Kyoto


José Luis Lezama


            En los días previos a la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, el presidente George H.W. Bush expresó con claridad y simpleza lo que sería la política estadounidense en las negociaciones internacionales para enfrentar el calentamiento del planeta: “El estilo americano de vida (The american way of life) no se negocia”. Ése ha sido el principio rector de todas las administraciones, republicanas o demócratas y del Senado, quien decide la política climática internacional de Estados Unidos.
            Las declaraciones de Todd Stern, enviado especial de Estados Unidos para el cambio climático, emitidas en Washington a su regreso de Durban, no podían ejemplificar mejor las palabras de un triunfador, de quien regresa a casa con el orgullo de la misión cumplida: “Pienso que esto terminó siendo un acuerdo realmente significante y acorde con la línea que estuvimos empujando… algo que no esperábamos del todo” (The NYT 14/XII/2011). Lo que provocó el buen ánimo del señor Stern es el haber logrado que las negociaciones climáticas pasaran de un punto muerto a otro punto muerto, posponer cualquier posibilidad de acuerdo climático al año 2015, para medidas que entrarían en vigor en el 2020, tal y como lo anticipamos en esta columna hace dos semanas (Reforma 3/XII/2011).
No obstante, esta posición no era sólo conveniente a los países desarrollados; muchos no desarrollados, sobre todo las llamadas economías emergentes, China, India y Brasil coinciden con el no acuerdo vinculante; nadie quiere sacrificar su derecho al desarrollo, su estilo de vida, y sus merecimientos para triunfar en la disputa por los mercados mundiales. Por ello era tan importante el fraseo del documento acordado en Durban. Se gastaron horas cruciales en la negociación por simples cambios de palabras, por ejemplo, sustituir acuerdo legal por algo más vago: un resultado acordado con fuerza legal, con lo cual quedó también apaciguada la ferviente oposición de India a cualquier acuerdo obligatorio. La cumbre de Durban, no obstante, debía tener lugar para que la posposición de los compromisos y la muerte de Kyoto adquirieran legitimidad, para que se diera sobre la base del “consenso”.

La capacidad histriónica de los negociadores fue formidable. El señor Stern llegó anunciando que Estados Unidos estaba listo para llegar a acuerdos vinculantes; lo cual fue festejado por desarrollados y no desarrollados. No obstante, las aguas recobraron su nivel cuando dijo posteriormente: siempre y cuando todos los países, desarrollados y no desarrollados se comprometan a reducir emisiones. Algo a lo que el mundo no desarrollado se opone febrilmente, con el argumento del derecho al desarrollo y a contaminar. China es el primer productor de gases de efecto invernadero (GEI) en el mundo, superando a Estados Unidos en volúmenes absolutos. No obstante, de manera per cápita, en Estados Unidos se generan 20 toneladas métricas de CO2 anuales, en China 5 y en India 1.5. Visto de esta manera, parecería “valido” el razonamiento de estos últimos dos países sobre su derecho a aportar más contaminantes a la atmósfera sobre todo si lo hacen, como dicen, para lograr bienestar.
            El jefe de la delegación americana andaba de buen humor, parecía jugar con su audiencia al prometer lo inesperado. En realidad no ofrecía nada nuevo, puesto que ésa ha sido la postura oficial de Estados Unidos y por que, además, el señor Stern podía comprometerse con cualquier cosa, en el entendido de que no estaba autorizado para tomar ninguna decisión que atara legalmente a su país; de hacerlo, sería inmediatamente invalidado por el Senado. Pero la muerte del protocolo de Kyoto no es obra única de Estados Unidos y de los desarrollados, es resultado de una operación conjunta con el mundo no desarrollado, cuyos políticos y gobernantes ofrecen a sus desheredados, a cambio de pobreza perpetua y contaminación, un discurso rico en promesas de bienestar y en futuros de abundancia.
            La recesión económica mundial ha logrado más por la causa climática que todas las reuniones efectuadas desde 1997. De acuerdo a un reporte de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos de este año, la crisis que afectó severamente al sector industrial, la subida del precio del carbón mineral y el descenso del precio del gas natural, provocó una disminución sustancial en las emisiones de GEI en Estados Unidos (The Scientific American 17/II/2011) entre 2008 y 2009. El Reino Unido, la Unión Europea y Rusia dan cuenta de esta misma disminución.
            Con un mundo en recesión, con países ávidos por conquistar los desfallecientes mercados mundiales, a quién le importa Durban, quién da una misa por el cambio climático, qué sentido tienen las cumbres que ya se programan para el futuro. ¿Cómo no entender la voz desesperanzada de la estudiante estadounidense Anjali Appadurai , quien les dijo a los negociadores climáticos en la sesión plenaria de la COP17: “Ustedes han estado negociando toda mi vida”. www.joseluislezama.com

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