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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 11 de agosto de 2012

El Índice de la Felicidad

Reforma

Sábado 11 de Agosto 2012

El Índice de la Felicidad

José Luis Lezama

            Jigme Singye Wangchuck no fue simplemente un rey; algunos lo consideraban un iluminado, un Dios. Educado en el Reino Unido, casado con cuatro mujeres, hermanas todas ellas, con diez hijos, uno de los cuales actualmente reina en Bután, pequeño país incrustado en el Himalaya, que en el año 2007 se dice fue la segunda economía con mayor crecimiento en el mundo, tuvo a los 18 años un momento de éxtasis e inspiración durante la ceremonia de su coronación, en 1974. Les dijo ese día a sus súbditos que era ya tiempo de abandonar la medición del progreso humano y el bienestar de forma material, por medio del Producto Interno Bruto (PIB) y que habría que incursionar en otras maneras de medir la satisfacción de la gente, más espirituales, desligadas de la obsesión por producir y consumir, que había más bien que medir la Felicidad Interna Bruta (FIB). A partir de ese momento, todo el aparato de gobierno, y en especial la antigua oficina de planeación que cambió su nombre por la actual Comisión de la Felicidad Nacional Bruta, dirigió sus esfuerzos para poner en práctica los deseos del rey y brindarle a su pueblo la ansiada felicidad.
Los habitantes de Bután, que aparece en un estudio del 2006 como el octavo país más feliz del mundo, vistos a través del discurso oficial, parecen desbordar de felicidad. En una encuesta del 2005, el 45 por ciento de los entrevistados declaró sentirse muy feliz y el 52 por ciento feliz. Por su parte los infelices apenas representaron el 3 por ciento.
Bután, no obstante, dista hoy día de constituir un reino de la felicidad. El maltrato a las mujeres es práctica cotidiana, migrantes y minorías sufren discriminación, los disidentes políticos son encarcelados, la pobreza que se ha incrementado con la migración rural-urbana, se calcula en alrededor del 23 por ciento y el tráfico y consumo de drogas y alcohol crecen de manera preocupante.

La visión que tuvo el cuarto rey de Bután parece haber prendido en un mundo invadido por la crisis. En China, donde las libertades individuales se debilitan, la brecha entre ricos y pobres aumenta, la contaminación infecta las ciudades, destruye los ecosistemas y daña la salud, los funcionarios de gobierno han sido instruidos para salir de sus oficinas y procurar la felicidad de la gente. El primer ministro chino Wen Jiabao ha dicho que el desempeño de los funcionarios se debe juzgar según la felicidad que logren en la gente.
Los gobiernos conservadores de dos fuertes economías europeas, la Francia de Sarkozy y la Gran Bretaña de Cameron, se han sumado a esta búsqueda de un mundo feliz, precisamente en tiempos de crisis, ajustes, recortes económicos y de retrocesos en la calidad de vida de los gobernados.
Las propias Naciones Unidas han tomado las palabras del rey de Bután como guía de acción y nuevo emblema mundial, que se suma a los ya entronizados del Desarrollo Sustentable y la Economía Verde. El secretario general de la ONU Ban Ki-Moon ha declarado que “el mundo necesita un nuevo modelo basado en la Felicidad Bruta Global, más que simplemente hacer dinero. El año pasado la Asamblea General de la ONU resolvió que los indicadores financieros no reflejan adecuadamente la felicidad y el bienestar, y en junio pasado se declaró al 20 de Marzo como el Día Mundial de la Felicidad.
Encuestas (Gallup) y estudios recientes (Earth Institute), muestran que no necesariamente los países más ricos son los más felices, ni los pobres los más infelices. Podría suspicazmente decirse que los Condenados de la Tierra no tendrían tampoco necesariamente que alterar el statu quo, ni reivindicar una parte más igualitaria de la riqueza material y del poder, sino buscar la felicidad postmaterial, no monetaria, de los satisfactores espirituales.
Por su parte, el proyecto para medir el bienestar de los británicos “descubrió” casi una obviedad: que ser de edad mayor, casado, propietario de vivienda, de raza blanca, con trabajo y salud, ocupándose en la enseñanza, la medicina o la abogacía y, de preferencia, habitante de las Islas Hébridas, hace a una persona feliz en el Reino Unido. Por el contrario, ser divorciado, de edad mediana, operador de maquinaria, negro ya sea africano, caribeño o británico, lo convierte en un ser infeliz.
Hay una extraña coincidencia entre la exacerbación de la felicidad como objetivo de los gobiernos nacionales y de las instituciones globales y su incapacidad para disminuir la pobreza y la desigual distribución de la riqueza y del poder. Pero hay también una preocupación en el mundo de los expertos en felicidad por la forma en que, la no felicidad, la frustración, la falta de libertades, la corrupción, la falta de redes sociales que fomenten la solidaridad, la vida familiar y los vínculos comunitarios, amenazan la estabilidad, afectan la productividad y la ganancia, convirtiéndose por tanto en motivo preocupación y justificando aún más el discurso de la felicidad como principio de política pública. www.joseluislezama.com

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