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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 28 de enero de 2012

Muerte en la Tarahumara

Reforma

Sábado 28 de Enero de 2012
Muerte en la Tarahumara
José Luis Lezama

Se trata en verdad del pueblo más inocente y desvalido de la tierra.
Fernando Benítez

            Dios los hizo erectos, criaturas de pie, y así, con la dignidad de los hombres erguidos, no de rodillas, los autorizó para que le hablaran, para que lo invocaran en sus ritos, en el Yúmari, que mantiene el orden cósmico, renueva la naturaleza, invoca a la lluvia y cura la enfermedad; en la vida diaria, en la comunión y diálogo con el creador que propicia el ritual del Jícuri (peyote), en la danza del Bacánowa, cuando dialogan con todo lo que es sagrado, o incluso en las carreras de bola (Rarajípari, Ariweta), donde ponen a prueba, donde exhiben su condición de Rarámuri, hombres veloces, hombres de pies ligeros, cuando untados de la raíz de Bacánowa experimentan el abrigo de Dios, inmunes ante las fuerzas del mal, cuando no le temen al agua, al fuego, a la hostilidad de la noche; o cuando se sienten poderosos, dueños del mundo, animados por una gran fuerza para perseguir y alcanzar al venado, para ganarle la batalla a las fieras, a los hechiceros.
Son los blancos, los mestizos, los Chabochis, todos los del mundo de fuera, los no Rarámuris, los que los han postrados, los que los han humillados, los que le roban, los que les cambian baratijas por sus animales, los fuerzan a venderles sus productos, los expulsan de sus tierras, los que no les procuran ningún bien: la corona y los conquistadores españoles, los caciques, políticos y el Estado que los idealiza en el discurso, manteniendo las condiciones de su miseria, los comerciantes mestizos que los engañan y extorsionan y el narco que hoy día se aprovecha de su desventura, empleándolos en los cultivos de enervantes que ocupa parte de la sierra y las barrancas. El Chabochi demarca, separa y define la frontera cultural y moral del universo Rarámuri; representa el mal, no son hijos de Dios, sino del diablo; representan lo opuesto a los valores que rigen el mundo y la conducta de los Rarámuris. Un Chabochi es algo, alguien de quien hay que cuidarse, simboliza lo que no es bueno en el mundo.

La noticia corrió por los medios electrónicos, por las redes sociales, tocó nervios sociales muy sensibles, hizo sonar la alarma cultural de nuestra identidad nacional: los Rarámuris, se están suicidando, las madres, al no poder alimentar a sus hijos entristecen y se lanzan a los barrancos en actos de suicidio colectivo. Así, con una noticia desmentida por diversas fuentes autorizadas y, sobre todo, por las autoridades gubernamentales locales, estatales y federales, aparecieron de nuevo en la escena pública, rompieron con la soledad y el silencio a los que están reducidos, nacieron a la consciencia ciudadana. Es claro que los Rarámuri no necesitan del suicidio para morir por las causas por las que no se mueren hoy día las personas en una sociedad civilizada. El sistema que los tiene postrados y que reproduce su miseria ha cambiado poco; cambian los tiempos y los personajes, pero persisten los mecanismos por medio de los cuales se les mantiene en el olvido y la miseria. El Estado mexicano de hoy, como el de la corona española del periodo colonial emite leyes nuevas, decretos, propone programas que protegen al indio de los excesos del encomendero, del señor de la haciendadel cacique, del comerciante, de los líderes políticos, pero que en raras ocasiones van más allá del discurso piadoso y de las promesas de salvación para ese componente considerado esencial en la constitución de lo mexicano.
Hoy día, ante la situación de alerta por la sequía que afecta al norte y parte del centro del país, sólo queda atender la emergencia, el envío de alimentos, cobijas; remedios pasajeros; mientras tanto la pobreza persiste y se reproduce. Los indios cuentan como objetos de rapiña, en proyectos turísticos que pretenden comercializar sus costumbres, sus rituales, su naturaleza, sus bosques. Importan como consumidores de alimentos chatarra, coca cola, sopa maruchán, bebidas alcohólicas, baratijas.
            La sequía que afecta al norte del país es severa, sus daños cuantiosos, y su persistencia es una amenaza no sólo para esa región, sino para el país entero. Pero la sequía de los Rarámuris es antigua, lleva siglos, y no es sólo ausencia de lluvias; es sobre todo ausencia de esperanza, de voluntad de procurarles una vida digna; sequía de sueños y de futuro.
            A fines del siglo XVII, J.M. Ratkay observó que los Raramuris comían el Jícuri para atrapar a las fieras, para conocer las cosas del mundo y para la iniciación sexual. Carl Lumholtz (1851-1922) escribió a principios del Siglo XX, en su libro El México Desconocido, que al ingerirlo el Raramuri se cura de sus males, logra una visión colorida del mundo, se procura alegría y además calma su hambre y su sed. En un mundo hostil, los Rarámuris, que por cierto son muy prudentes y moderados en el consumo del peyote, acceden a un mundo más amable, menos difícil que el que viven en la vida real. Página Internet: www.joseluislezama.com

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