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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 21 de septiembre de 2013

Elixir de la muerte

Reforma
Sábado 21 Septiembre 2013

‘Elixir de muerte’
José Luis Lezama



Eran las 10 de la mañana del 6 de mayo de 1953 cuando el piloto de la Real Fuerza Aérea Británica Ronald Madison, de 19 años, entró en la cámara de gas del complejo militar ubicado en Porton Down, en Wiltshire en el cual desde años atrás, el gobierno británico experimentaba con armas químicas y biológicas preparándose para un eventual ataque soviético. En el umbral de su muerte, el joven Madison se sentía embargado por una ilusión: comprarle a su novia Mary Pyle su anillo de compromiso.


Ese día había decidido atender el llamado a los jóvenes integrantes del ejército para someterse a pruebas con sustancias químicas, para fines supuestamente médicos. El ministerio de defensa ofrecía a los participantes 15 chelines y tres días de descanso. Para despejar cualquier duda, se le dijo que los experimentos servirían para encontrar una cura efectiva contra el resfriado.


Madison no entró sólo a la cámara. Cinco colegas más había acudido a la invitación, ese día y a esa hora, para someterse a las pruebas mediante las cuales los militares, en realidad, buscaban formulas para mejorar la letalidad del gas sarín. Una vez dentro, fueron instruidos para colocarse una máscara protectora e inmediatamente después, la cámara fue rociada con gases lacrimógenos para comprobar que el equipo funcionaba adecuadamente.


Ronald Madison fue el cuarto de los participantes en recibir las 20 gotas de 10 miligramos de gas sarín prescritas por los expertos. El experimento buscaba también distinguir los efectos del sarín en contacto directo con la piel y a través de la ropa: se trataba de conocer las dosis bajo las cuales el ‘elixir’ se hacía más dañino y apresuraba la muerte. Se sabía ya que 300 miligramos no serían tolerados por lo que las cantidad, aplicada a Madison y sus acompañantes, felizmente se redujo a 200 miligramos.


Michael Cox, quien también se sometió al experimento en la cámara de gas, sentado a su lado, observó la forma en que el joven piloto se desplomó después de recibir su porción de gas sarín, que ya no pudo caminar más y que su cuerpo inerte fue sacado por dos personas, muerto, aunque el reporte oficial señaló que salió caminando. El señor Cox fue obligado a guardar silencio sobre lo que había observado durante su estancia en las instalaciones. El propio padre de Madison fue también conminado al silencio.


Aún muerto, Ronald Madison continuó aportando su parte en los experimentos, considerados secretos de Estado. De su cadáver se sustrajeron 200 muestras, incluyendo partes del corazón, la médula espinal, el cerebro y la piel. Los investigadores no parecían mostrar ningún pudor; los ensayos tenían que seguir adelante. La familia de la víctima no fue informada de esta profanación y ataque a la dignidad de alguien cuya muerte sería considerada años después como un asesinato (The Telegraph 16/XI/2004).


El 15 de noviembre del 2004, después de 51 años, un jurado dictaminó que la muerte de Madison fue ilegal y provocada por: “la aplicación de un agente nervioso en un experimento no terapéutico” hallándose responsable al ministro de defensa del Reino Unido.


Las víctimas del bombardeo con gas sarín, presuntamente ordenado por Bashar Al Assad el 21 de agosto pasado en la zona de Damasco conocida como Ghouta, que provocó alrededor de 1400 muertes, mostraron los mismos síntomas que Ronald Madison en la cámara de gas de Porton Down, tal y como lo observó su compañero Cox: dificultad respiratoria, desorientación, visión borrosa, vómito, debilidad, desvanecimiento, pérdida de la conciencia y, eventualmente, la muerte.


El gas sarín fue descubierto en la Alemania Nazi, en 1938. Uno de sus creadores, Otto Ambros, fue juzgado en Nuremberg por crímenes de guerra y condenado a 8 años de prisión; a los 4 años salió libre y viajó a Estados Unidos, donde fue contratado para el programa de armas químicas y biológicas.


Las Naciones Unidas, lo mismo que las principales potencias integrantes de la OTAN, una de las cuales vendió a Siria parte de las sustancias precursoras, condenan el uso del gas sarín por el gobierno de ese país contra sus opositores y la población civil. No obstante, no se pronunciaron de la misma manera contra Saddam Hussein por las 5 mil muertes del bombardeo contra la población curda del norte de Irak en 1988, ni contra su utilización en la guerra contra Irán, en donde fue uno de los factores que inclinó la balanza militar a favor de Irak con la ayuda satelital de Estados Unidos. Desde marzo del 2011 se calcula que han muerto alrededor de 100 mil personas en Siria; esas muertes no provocaron ningún furor intervencionista. La muerte de Ronald Madison y muchos más, rodeada de misterio, engaño y de una ética científica dudosa, muestra que la preocupación de las potencias no es por el control y eliminación verdadera de las armas de destrucción masiva, sino por una posible pérdida del monopolio sobre esas armas en las que sustentan el dominio y control que ejercen sobre el orden mundial. www.joseluislezama.com

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