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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 25 de enero de 2014

Economía y política de la obesidad

Reforma
Sábado 25 de Enero 2014

Economía y política de la obesidad
José Luis Lezama

En la fresca mañana del 29 de agosto de 1996, el doctor Stuart Rich, connotado cardiólogo de Chicago, estudioso de la obesidad, parecía no sólo contento sino liberado de un gran peso moral: había cumplido con una obligación ética como médico e investigador. Regresaba a su oficina después de una entrevista en el programa de televisión de la NBC, Today, en la que había expuesto las evidencias de que el medicamento Redux, un supresor del apetito utilizado en Europa para combatir la obesidad, vendido desde abril de 1996 por la farmacéutica Wyeth en Estados Unidos, podía llegar a provocar la muerte por hipertensión pulmonar. La paz que lo embargaba se vio de pronto interrumpida al recibir una llamada telefónica en la que un funcionario de  Wyeth lo amenazaba por las revelaciones que acaba de hacer, advirtiéndole de  los peligros que corría de continuar haciendo públicos sus hallazgos médicos.
Del 3 al 5 de junio de 1997, la Organización Mundial de la Salud (OMS), tomó la decisión de declarar la obesidad como una epidemia mundial. El descenso del índice de masa corporal a 25 puntos para determinar la condición de sobrepeso fue, al mismo tiempo, un hecho económico. La declaratoria de epidemia de la OMS tuvo un efecto tal vez no deseado: la industria dedicada a la fabricación de alimentos y servicios dietéticos amaneció de pronto con un mercado insospechado, no sólo constituido por el de las personas calificadas como clínicamente obesas, sino por el más amplio, con algún tipo de sobrepeso, o el de quienes se acercaban a los límites  de la nueva definición de lo normal y lo patológico. Millones de personas en el mundo entraron en pánico ante el problema o el estigma de la obesidad, convirtiéndose en consumidores recurrentes, cautivos a veces, de la industria dietética.
La industria alimenticia resultó triunfadora con la declaratoria de epidemia, particularmente cuando se le mira desde la perspectiva de los negocios y se considera a la obesidad como un mercado. Al emerger la obesidad como fenómeno público global, además de ofrecer los productos que engordan y los que supuestamente adelgazan, compañías como Heinz, Uniliver y Nestlé, se apresuraron a comprar las acciones de las empresas dietéticas más exitosas en Wall Street, como fueron los casos de Weight Watchers, Slimfast y Jenny Craig, entre otras.
Es una industria generosa, sólo que su bondad es estratégica: dona recursos a hospitales y centros de tratamiento para la obesidad en los niños y financia gran parte de la investigación médica sobre el tema que se lleva a cabo en Estados Unidos. El fisco no tiene motivos para meterse con ella y las agencias gubernamentales no toman decisiones sin consultarla; algunos estudiosos no quieren tocarla ni con el “pétalo de un maguey”.
En 1971, el presidente Nixon soñaba con la reelección. Tenía no obstante frente así no sólo la guerra de Vietnam, sino los altos precios que habían alcanzado los alimentos, para lo cual sus asesores le plantearon la urgencia de abaratarlos. Earl Butz apareció como el indicado, nombrándosele Secretario de Agricultura. La revolución de Butz consistió en poner al maíz en el centro de su estrategia, no sólo para la producción ganadera, sino como eje central en la producción y el consumo de alimentos: aceites, panes, cereales, golosinas, etcétera.  
Butz corrió con suerte. Viajó a Japón al enterarse de una tecnología para reducir el precio del azúcar y, a su regreso, metió a la economía americana de lleno en la industria de la producción de jarabe de maíz de alto contenido de fructuosa, que abarató dramáticamente el precio de los endulzantes, añadiéndose azúcar a prácticamente todo lo que la gente comía, particularmente en la industria refresquera: algunas de las condiciones básicas para la epidemia de obesidad fueron así creadas.
La economía y la política parecen infectar lo que tocan. Donde menos se espera allí están, pervirtiéndolo todoEl secreto de la industria alimenticia parece simple: pone en el mercado los engordantes y coloca allí también los adelgazantes, sobre todo bajo la forma de remedios dudosos; ambos, los alimentos de alto contenido de grasa y azúcar, lo mismo que los productos light y los etiquetados bajo en calorías, conviven en los anaqueles de los supermercados. Para ella los responsables de la epidemia no son sus alimentos, ni sus falsos remedios, son los ciudadanos quienes no toman responsabilidad de sus hábitos alimenticios. www.joseluislezama.com

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