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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 11 de enero de 2014

La religión del cambio climático

Reforma
Sábado 11 Enero 2014

La religión del cambio climático

José Luis Lezama

La reciente ola fría en Estados Unidos y partes de México parece un buen pretexto para sacar de nuevo a la luz pública los debates sobre el cambio climático, sus orígenes humanos, sus anunciadas catástrofes. No obstante, momentos de temperaturas extremas (frío o calor; inundaciones o sequías) como el actual, no son los mejores para valorar causas y consecuencias, acuerdos y desacuerdos sobre el clima planetario.
No obstante las múltiples evidencias mostradas por los expertos, la certeza casi absoluta con la que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) presenta los hallazgos científicos, los interrogantes y diferencias entre expertos abundan. Existen diversos testimonios de una ciencia que no avanza sobre absolutos y verdades incuestionables. Las temperaturas recientes, ejemplo de lo que se ha llamado La Paradoja Ártica, que consiste en la presencia de un Ártico relativamente caliente, acompañado de fuertes fríos en diversas zonas continentales al sur, es algo en  lo cual los expertos no se muestran unánimes.
En el 2012 un artículo de Coumou y Rahmstorf sobre temperaturas extremas en Nature Climate Change, en el que señalan la ausencia de pruebas contundentes que vinculen eventos específicos o su incremento, con el cambio climático, fue objeto de un ríspido debate, destacando entre otras las opiniones devastadoras del profesor Martin Hoerling de la National Oceanographic and Atmospheric Administration, quien no sólo cuestionó los hallazgos, sino también la seriedad de la revista, para finalmente concluir de una manera no muy distinta a lo que criticaba: “ Después de todo, la ironía de los eventos extremos es que entre más grandes en magnitud es más pequeña la contribución fraccional del cambio climático humano”.
El año pasado Nature publicó un artículo del Instituto Scripps de Oceanografía en el que se pretende resolver otra paradoja: la disminución observada en el alza de la temperatura planetaria, o enfriamiento relativo, observado en los últimos 10 o 15 años, sobre todo a partir del fuerte año del Niño de 1998.
Los autores demostraron, mediante una modelación sofisticada, una propuesta que no es nueva: estudiar las oscilaciones del Océano Pacífico Tropical en periodos de tiempo amplios. Visto así, la actual etapa de pausa en el calentamiento, puede explicarse como resultado natural de ciclos cortos, en los que se alternan momentos de enfriamiento y calentamiento, insertados en una tendencia de larga duración que, en los últimos 140 años, ha incrementado la temperatura promedio de la superficie terrestre en 0.8°C.
Los científicos insisten en ver el clima en el contexto de las grandes tendencias. No obstante, para ser congruentes con esta demanda, habría que ver la evolución del clima planetario en el marco de la propia historia del planeta que se remonta a millones de años, y considerar en ese gran marco temporal el cambio climático de los últimos 300 años y su relación con distintos factores, así como la validez de su relación con la revolución industrial.
Una interpretación de la historia del clima señala que la Edad Media fue, en términos generales, un periodo cálido y que, entre el siglo XVI y el XIX, tuvo lugar una especie de Pequeña Edad del Hielo, definida por la NASA como un Periodo Frío. Los expertos climáticos debería explicar con su alta precisión científica las diferencias con el actual periodo de calentamiento.
La ciencia climática y el IPCC se mueven y responden a un contexto político que presiona por verdades irrefutables, certidumbres científicas y políticas infalibles para problemas que, no sólo son complejos por su propia complejidad, sino por las limitaciones cognitivas del cerebro humano, y por la política y la economía que contaminan las decisiones. Por ello el IPCC se ha sentido obligado a ostentar verdades absolutas ajenas a la práctica científica. En su último informe se sintió urgido de declarar que la existencia del cambio climático, como producto de la acción humana, poseía un 97 por ciento de certeza científica.
Una verdad que se acerca al 100 por ciento sólo puede provenir de una escrutinio divino del mundo, convirtiéndose en materia religiosa no científica. El IPCC se preocupa en exceso por el consenso, otra práctica no científica. Los gobernantes buscan consensos para legitimar decisiones; la ciencia no lo requiere para producir conocimientos; muchas veces, los conocimientos nuevos conducen a la ruptura de estos consensos. www.joseluislezama.com

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