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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

sábado, 8 de febrero de 2014

En busca del dios Pochó

Reforma

Sábado 8 de Febrero de 2014

En busca del Dios Pochó

 José Luis Lezama
            
La primera escala conduce a  Pomoná, zona arqueológica Maya de Tenosique que floreció en el Clásico Tardío (600-900 dC). Los Mayas soñaron con penetrar los misterios de la vida y de la muerte; cualidad que en principio les fue concedida, cancelándoselas después cuando los Creadores y los Formadores percibieron el error de no haber engendrado hombres sino dioses, regresándolos a la condición de los irreverentes y desmemoriados Hombres de Madera
Desde lo alto del templo principal se ve la selva, sus verdes intensos, sus verdes suaves, fosforescente a veces,  delicados,  que se extienden desde la afable planicie hasta el pie de la montaña, de donde el verde asciende lentamente hasta que, al llegar a la cima, se torna de un azul  intenso y fuerte como el del mar. Desde allí también, por las noches, se puede mirar el cielo sin regateos, el mismo que contemplaron los antiguos mayas, las constelaciones, los astros que los fascinaron y podemos imaginarlos, en una noche florida, repleta de elocuentes estrellas,  en sus intentos por descifrar el universo, contar los días hasta remitirse a los orígenes, mirar el futuro, que para ellos era en realidad el pasado, seguirle los pasos a La Luna, la Tierra, Venus, Marte, Saturno y otras criaturas del universo  sometidos a su minuciosa mirada.
Una vez en Tenosique, se trata de encontrar al  Dios Pochó; lo cual no es difícil pues está en cada rincón del pueblo, en cada calle, en cada esquina, en cada casa, en cada familia, en los niños, en los jóvenes, en los ancianos, en las mujeres y los hombres y en la desfalleciente selva de los alrededores.
Busqué a doña Dominga Corso, pregunté por ella,  la capitana de las Pochoveras, las esclavas del Dios, sus representantes en la Tierra y las encargadas, junto con los Balanes, de asegurar el dominio del Dios sobre la tribu de Los CojoesLos Hombres de Madera. Llego a su casa junto a la vía del tren, y me trasmite un sentimiento distinto, una mirada distinta a la que se posesiona de ella cuando se viste de Pochovera, cuando deja de ser Dominga para transformarse en la mujer poseída por el Dios, silenciosa, con la mirada perdida, como alguien sin más voluntad que la del Dios. Me mira con afecto, con dulzura, con su sonrisa de niña que persiste intacta a sus cerca de ochenta años.
El domingo 2 de febrero tuvo lugar una representación especial de la danza (www.youtube.com/watch?v=FVsUOx3ENug) por el grupo de los Veteranos, entre otros, Roger Suárez Vela, Marco Antonio Olán, Miguel García, quienes pugnan por preservarla manteniendo viva su fuerza liberadora. La escenificación fue extraordinaria. Previamente, el sábado, fui a casa de Roger y su gente; hablamos del Dios, de su poder,  y de sus misterios.
En el barrio de Pueblo Nuevo se instaló desde la mañana del domingo el tambor, llamando a los danzantes, reuniéndolos para iniciar el recorrido por el pueblo a las 10 de la mañana. En frente, en la casa de la familia Hernández Valenzuela, muchos actores se preparan. Los Cojoes y las Pochoveras adornaban sus sombreros con flores; los Balanes se impregnan el cuerpo con la tierra amarilla-blancuzca del Sascab, y con un líquido a base de carbón, que se adhiere a la boca de una botella para marcarse en la piel las manchas del jaguar, que dicen, es una copia de las estrellas que pueblan el cielo nocturno. Los Cojoes se prueban sus máscaras, las de colores que los jóvenes han añadido al ritual, y las antiguas que conservan el color de la madera, que armonizan con la falda de hojas de castaño, con las flores del sombrero y con el sojol, especie de polainas de hoja de plátano secas, que no sólo es elemento visual del vestuario, sino auditivo, como el suave sonido de la lluvia, que también reproduce el shiquish, hecho del árbol de guarumo. Están allí también el Pitero, y el tamborilero. El primero, con su música, es el director de la danza, de sus ritmos, de sus tiempos, de los momentos de la liberación de la tribu que se despliega en la danza.
Finalmente salen los danzantes a las calles en busca del Pochó, a vencer al Dios que los oprime, a destruir el maleficio, convirtiendo a sus guardianes en cómplices y así, juntos, derrotar al Señor de la muerte, restituyendo con ello el principio de la vida en la Tierra. El martes, previo al miércoles de ceniza, los hombres de madera derrotarán al Dios Pochó y nos mostrarán a los hombres de hoy el poder de la esperanza, que ningún Dios, ningún dominio, están para siempre en la Tierra. www.joseluislezama.com  

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