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Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Dr. José Luis Lezama
Profesor-Investigador / Professor -Researcher
Director del Seminario Interdisciplinario sobre Estudios Ambientales y del Desarrollo Sustentable / Director of the Interdisciplinary Seminar on Environmental and Sustainable Development

jlezama@colmex.mx

viernes, 31 de octubre de 2014

Ayotzinapa: 'La Muerte Tiene Permiso'


Sábado 1 de Noviembre de 2014

Ayotzinapa: ‘La muerte tiene permiso’

José Luis Lezama

Habitamos el país de Pedro Páramo, donde los muertos dicen la verdad y donde campea el "rencor vivo".
Juan Villoro


Vivimos días de muerte, de desolación y desesperanza. Se siente en la convivencia diaria, en la conversación cotidiana, en el sentimiento de recelo y temor que nos provoca cualquier roce, cualquier contacto, visual, táctil; aun indirecto, involuntario; cualquier mirada extraña, cualquier cercanía, cualquier intrusión en nuestra individualidad, en la intimidad familiar; ocurre en la calle, en el transporte público, en el caminar por las desechas calles de la ciudad. Todo, hoy día, deviene sospecha y amenaza. La muerte no es sólo fantasma, juego de artificios, albur, broma, manoseo verbal para sobrellevarla, negociar o lidiar con ella; no es sólo altar de muertos, cempoalxóchitl, calaveras de azúcar con nuestro nombre; no es la acostumbrada y juguetona imagen de la catrina, Orozco,  la consagración del mito del no miedo a la muerte del mexicano; no es el juego y distracción al pavor que nos despierta tan sólo invocar  su nombre.
No, es la muerte real, la que fue convocada en los últimos años, que se ha hecho política de Estado, iniciada por Felipe Calderón y ratificada y superada por la actual administración. Una política de Estado para la cual Tlatlaya y Ayotzinapa son, con todo su dramatismo y barbarie, los ejemplos más conocidos, más emblemáticos de hoy, culminantes tal vez, pero no el único. El país entero está emergiendo como un gran cementerio clandestino, que da cuenta clara de la pulverización del Estado de Derecho y la consolidación a nivel colectivo de un profundo sentimiento de sospecha y desconfianza hacia sus instituciones, lo cual constituye uno de los efectos más dañinos, una amenaza para la vida comunitaria de cualquier nación.
La administración del presidente Peña muestra incapacidad para asumir las funciones de Estado que las circunstancias demandan. Una incapacidad, falta de esfuerzo, de decisión, imaginación tal vez, ni siquiera para darse legitimidad; o al menos para hacer realidad, reivindicar, aun cuando fuera por motivaciones políticas, de simple gobernabilidad, un mínimo de la imagen mediática construida a su alrededor, no sólo durante el proceso de su fabricación televisiva previa y durante la campaña electoral que lo llevó a la presidencia, sino también la del ‘Saving Mexico’, negociada en medios internacionales, o la de presidente reformador alentada por los acuerdos políticos que llevaron a la aprobación de las llamadas reformas estructurales, o la del negociador y pacificador de estudiantes que se difundió al inicio del conflicto en el IPN.
Todo aquello, es claro, diseñado, presentado en una envoltura elegante, fastuosa, para algo carente de contenido, relleno de discursos, palabras vacías, una reiteración del discurso que nadie cree, que cada vez muestra más su artificialidad, su esfuerzo por consagrar la mentira y el engaño. Un país rico, de gente creativa, sometido a una clase política y económica tremendamente exitosa en su fábrica de pobreza, desesperanza y simulación.
Un hecho ha aflorado en los últimos días, una señal que mandan los agraviados por los muertos de Ayotzinapa, por sus familias, por quienes se sienten profundamente lastimados, no sólo por la barbarie criminal, sino por la falta de respuesta y reacción oportuna de las instituciones del Estado, del gobierno federal, de las autoridades estatales, de la CNDH y los partidos políticos. Este hecho es la voluntad de los familiares de los muertos y desaparecidos de aferrarse a la esperanza, de no perder la esperanza, de pelear por su derecho a la esperanza, la esperanza última de que sus hijos, sus familiares, pudieran estar vivos, aun cuando los hechos digan lo contrario, aun cuando la propia autoridad tenga certeza de lo contrario.
La esperanza, luchar por la esperanza, es la respuesta de una comunidad dispuesta a no entregarse a la desesperanza, a la angustia, al terror que los criminales fuera y dentro del Estado siembran e instauran en la ciudadanía como forma de gobierno y convivencia. La esperanza es también una fuerza poderosa para combatir la tremenda desconfianza con que se vive hoy día no sólo ante la autoridad, sino ante nuestros congéneres, ante el otro, ante todos aquellos con quienes llevamos a cabo diversos aspectos de la convivencia social; una desconfianza y desesperanza que paraliza, desmoviliza, cualquier intento de cambio, de rebelión y protesta.
Es esa esperanza, la necesidad de creer, de conservar la esperanza, de encontrar con vida a los estudiantes secuestrados y desaparecidos, lo que ha llevado  a sus familiares a exigirle a la autoridad a dirigir, a enfocar la búsqueda de los desaparecidos como secuestrados, como privados de su libertad, y no cómo cadáveres, no en las fosas clandestinas, sino siguiéndole la pista a las redes criminales. Es esta necesidad de creer, de tener, de conservar la esperanza, lo que explica el rechazo de los familiares a la misa y a las denuncias del padre Solalinde sobre la forma siniestra como fueron agredidos y muertos los normalistas. Los familiares no quieren escuchar la confirmación de la muerte de sus hijos, de sus familiares; quieren, hasta el último momento conservar la esperanza.
joseluislezama.com

@jlezama2

1 comentario:

Gerardo Saúl García Cornejo dijo...

El punto neuralgico: ¡Permiso de quién! La postura de que los mexicanos nos burlamos o no tememos a la muerte, es desde el punto psicológico, lo contrario, una elusión.

Y sí, EPN estrangula hoy, a una de por si moribunda esperanza. Hasta en la ONU recomiendan a PN, "renuncie".

Los 43, es verdad, no son los únicos, ni los últimos. Se huele ya, algún temido estallido. Pero ¿Qué debemos hacer? Esa es la crucial disyuntiva...

Saludos Dr. Lezama y gracias por su artículo.